El impresionismo inaugura las vanguardias que a finales del
siglo XIX constituirían el quiebre de la estética tradicional. Al mismo tiempo, sería la continuación de la corriente realista que lo precedió.
El historiador del arte Arnold Hauser hace coincidir este movimiento con el positivismo contemporáneo, fruto de la Revolución Industrial, con su fe en el progreso y en la ciencia. Según este autor, es la culminación de cuatrocientos años de arte occidental, y una afirmación del "arte por el arte". Sin embargo, a partir del impresionismo, y basándose en sus aportes, surgen las diferentes escuelas del siglo XX que acompañarán las tensiones y las guerras de ese siglo.
El impresionismo hace uso de las nuevas teorías de la época sobre las modificaciones de los colores y su incidencia en la óptica, y el círculo cromático aportado por el científico francés Chevreul. Los impresionistas utilizaron solamente los colores primarios, yuxtaponiéndolos
con los complementarios para pintar sombras, y descartando el negro de su paleta. Pintaron al aire libre lo que aparecía ante sus ojos en un determinado momento, y trataron de captar el aspecto cambiante de las cosas con las diferencias de iluminación según la hora del día. El ojo debía operar como un prisma, que descompone el rayo de luz en colores: al observarlos, los colores que están juntos tienen una diferencia máxima, pero al mismo tiempo el ojo percibe el color con el entorno de su complementario. Utilizaron pinceladas cortas para yuxtaponer los matices, y al diferenciar los objetos sólo por el color que refleja la luz, las líneas se diluyen y se pierde profundidad. El cuadro tiende a ser, de este modo, bidimensional.
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